La Güera Rodríguez, una fémina de 10

Por Chobojo Master - 22 de Marzo, 2006, 1:20, Categoría: NUESTRO MEXICO

Una pregunta ociosa, ¿qué chobojo no desearía una fémina de 10 puntos para sí? La respuesta es evidente.

¡Una fémina de 10! Pues tal es el caso de la legendaria Güera Rodríguez –no vayan a pensar en el difunto líder sindical Rodríguez Alcaine, a él le vino el apodo por el mujerón que hoy nos ocupa–. Bueno, les decía que un viejorrón de belleza e inteligencia fuera de serie vino a este mundo para regocijo de cuantos (chob) ojos la vieron, la escucharon y trataron. Y no es caso pequeño, ya que la famosa María Ignacia Rodríguez de Velasco, tuvo entre sus galanes a fulanos de la talla de Simón Bolívar (a quien llamaban el caraqueñito tanto por la simpatía que generó en su visita a nuestro país, como por su estatura y edad), el Barón de Humboldt y al mismísimo Don Agustín de Iturbide y Arámburo, aquel bato que proclamó y festejó la independencia de México de la corona española, y que, a poco, fue nombrado emperador por el Presidente del Congreso. ¿Y la Güera? Pues ni más ni menos que cerca todo el tiempo del héroe de la independencia, del propio Carlos IV Rey de España y de la información importante.

La Nacha Rodríguez –y bien que le queda decirle así– nació el "20 de noviembre y año de 1778" y peló gallo a los setenta y un años de edad, según consta en el acta de defunción que expidió el Dr. José María Diez de Sollano.


En   primero de Noviembre de mil ochocien­tos cincuenta hechas   las   exe­quias en la Iglesia del tercer Or­den de San Francisco, se le dio Sepª Ecca. en la misma, al ca­dáver de Dª María Ignacia Ro­dríguez de Velasco, Casada que fue en terceras nupcias con el Sor. Lic. Don Juan Manuel Ilizalde, recibió los Santos Sacra­mentos y murió, hoy, 3ª  Ce. de S. Francisco númº 6º.

Artemio de Valle Arizpe

La Güera Rodríguez tuvo una vida disipada y de liviandad. Ah, pero eso sí, siempre tuvo la gracia de manejar todo con un tacto irreprochable. Era la sociedad en aquellos entonces como la actual, con gran proclividad al chisme, siempre con los oídos alertas y la lengua bien dispuesta para la difusión de las noticias y, por supuesto que cuando de la Güera se trataba, la cosa incluía el comentario picante, chobojo, mordaz, hasta morboso pues. Ya que no se podía chismear por Internet, ni por teléfono, no había televisión, ni radio, y una buena parte de la paisanada no sabía leer, el vehículo ideal para la divulgación era el verbo. Así pues a la lengua le daban vuelo y las anécdotas de la supernenorra que nos ocupa volaban a la de ya, y, más rápido que pronto, todos estaban al tanto de cuanta andanza  y picardía se le ocurría a esa Marilyn Monroe de la época.

Debo corregir lo ultimo, chobojos, la Güera Rodríguez no fue una insípida, menos le entró a los chochos, ni tuvo jamás tendencias suicidas. Más aún, era una mujer inteligente y patriota. Participó siempre en las reuniones, clandestinas por supuesto, que se fraguaban para que la independencia se realizara.

Se cuenta, así pasa cuando las cosas se vuelven mitos, que un cargador de La Merced, después de haber tenido el privilegio de haber visto las curvas de la godible Güera, no teniendo otro camino para llegar a ella y además tenerla, invocó al maligno–al chamuco,  diablo, pues– y al aparecer, éste le dijo.

–Satán te entrego mi alma si me concedes un deseo.

–Dime cual es tu deseo y el trato está hecho.

–Quiero que me consigas a la Güera Rodríguez, aunque sea por una noche.

–¡Infeliz! –le contestó el de los cuernos– Por tu alma… darte a la Güera Rodríguez, a María Ignacia… ¡Desgraciado! Ya la quisiera para mí–. El pingo se fue de inmediato, entre olores de azufre y la inmensa frustración del paisa.

A los chobojos que residen en la capital de este nuestro querido México, les cuento que la Avenida Parque Lira, en Tacubaya, toma su nombre de la Hacienda donde vivió la potabilísima, suculenta y atractiva mujer. Las instalaciones actualmente las ocupa la Delegación Política, conservándose la capilla y los jardines. Existen dos accesos uno por Avenida Observatorio y otro por la citada Parque Lira.

Hay muchas anécdotas chispeantes de la sabrosura que fue la Güera. Luis González Obregón y Artemio de Valle Arizpe, que fueran integrantes de la Academia Mexicana (de la Lengua) han escrito con rigor histórico mucho sobre esa hembra. Don Artemio escribió su Biografía y su libro se lee con gusto, aunque este Master aclara que hay que adaptarse al modo singular que tiene el autor para escribir, y tener junto un tumbaburros (diccionario) para las consultas necesarias.

Va por ultimo, chobojos, el nombre completo de la fémina, para que se echen ese trompo a la uña y no se apantallen con nombrecitos cortos; va el nombre sin contar los títulos que en la epoca se acostumbraban y los que con el tiempo adquirió. Va también la descripción que de ella hace Don Artemio


En la pila bautismal le pusieron por nombre este calen­dario: María Ignacia, Javiera, Rafaela, Agustina, Fe­liciana. En buena consonancia con tal retahila eran sus apellidos: Rodríguez de Velasco, Ossorio, Barba, Jimé­nez, Bello de Pereyra, Fernández de Córdoba, Salas, Solano y Garfias.

Por donde iba doña María Ignacia alzaba in­citaciones, pues no era posible de ninguna manera que pasase inadvertida para nadie su muy gentil presen­cia, así fuese en la iglesia como en el paseo; por más aglomeración de gente que hubiera, ella sobresalía. Entre millares se diferenciaba. Echábase de ver y des­cubría. Era dechado de toda beldad, pues su belleza tenía excelencia, no como quiera, sino absoluta. Era telenda la Güera Rodríguez, es decir, viva, airosa, ga­llarda. Llevaba todo el rostro siempre lleno de son­risas y siempre, también, andaba compuesta como una novia, con refulgencias de joyas y rumorosa de seda, la más fina.

Fue doña María Ignacia   Rodríguez  de Velasco, más conocida por la Güera Rodríguez, muy hermosa, de   deslumbrante presencia.  Mostró   una humanidad virtuosa y pecadora, espiritual y carnal, apasionada y arrepentida, pero, en todo caso, lo suficientemente ca­racterizada para dejar una huella profunda en el tiem­po y mantener latente, como viva, su personalidad. Vivió su vida, como dice el tópico moderno. Murió "de dolencia natural y muerte pacífica y sosegada, vio co­sas adversas y contrarias, pero fue bienaventurada por­que nunca sintió adversidad de la fortuna".

Con suspiros y evocaciones, tecleó: Chobojo Master


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