17 de Noviembre, 2005

Enroque Espiritual – Un relato de Leonel Puente Colín

Por Chobojo Master - 17 de Noviembre, 2005, 12:06, Categoría: CUENTOS Y MICROCUENTOS

Con esa singularidad en la expresión que le es característica, Leonel nos entrega  este relato. Una visión de la vida cotidiana, la presión que ejerce en cada uno de nosotros  y la necesidad de enrocarse para… Léanlo.

Chobojo Master

Hay ocasiones en la vida en que lo único sano y posible es replegarse dentro de uno mismo. No importa lo que ocurra afuera. Bajo ciertas circunstancias uno necesita salvaguardar su integridad a toda costa. Quién nazca o muera durante ese proceso no debe de ser importante para que sea efectivo el Enroque Espiritual.

Pudiera parecer a simple vista que esto es una proclamación extremadamente egoísta, pero tiene un propósito muy definido: conservar la cordura y los dientes en su lugar.  

Todos los días se encuentra uno con alguien que se muere de hambre en las calles, y se sienten ganas de darle un pan o una moneda, sin meterse en disertaciones católicas en pro o nietzscheanas en contra de la caridad . Todos los días se topa uno con injusticias de diversos calibres, desde el hecho de que alguien desperdicie los recursos naturales lavando su carro con ríos de agua potable o el de algún individuo que inconscientemente arroje basura por la coladera sin ningún escrúpulo, hasta llegar a los graves problemas de convivencia en las grandes urbes, que ocasionan que una persona sea asesinada arteramente, con el único fin de despojarlo de la mísera suma de dinero que contiene su cartera (y esto, independientemente de las consecuencias de resistirse o no al atraco).

Aparte de todo lo anterior, uno trata de entender a sus semejantes y a los vecinos, pero nunca falta alguien que quiera "pasarse de vivo". No conozco exactamente la definición que La Real Academia de la Lengua tiene para las palabras cooperación y respeto, pero sin necesidad de meterme en largas investigaciones y explicaciones, es obvio, por puro sentido común, que implican un mínimo de simpatía por la tranquilidad. Sin embargo, uno se la pasa años y años tratando de entender el por qué casi nadie respeta o coopera para ese propósito, y podrían pasar siglos enteros sin llegar a una conclusión satisfactoria.  

La semana pasada alegué con un energúmeno que estaba rayando un libro de la biblioteca con un plumón fosforescente. No soy afecto a rayar los libros, mucho menos los que no son míos, peor aún con los que son parte del raquítico acervo cultural público que tenemos los mexicanos. ¿Pero qué puedo esperar ya, si en la mismísima UNAM, la llamada "máxima casa de estudios", los libros son maltratados con una saña impropia de alumnos de "nivel superior"?

Ayer, en los pasillos de un centro comercial ubicado a un costado del Circuito Interior, una pintora exhibía sus obras y un muchacho de unos doce o trece años estaba manoseando los cuadros como si fuesen pedazos de tela corriente. ¿Qué hace uno en esas circunstancias? ¿Se le aplica un zape directo al cráneo del individuo que ejecuta una acción tan retrógrada, se busca al par de animales que lo engendraron para suplicarles que neutralicen su nefasta conducta o le rezas al santo que se festeje en el día para ver si lo ilumina en su camino?

Hoy por la mañana, en un vagón del metro, solamente un señor y yo nos levantamos para ceder el asiento a las mujeres. A los demás les vale gorro si envejecen, si están embarazadas o si simplemente están cansadas. Incluso el señor del que hablo, no dio el asiento por pura amabilidad, sino porque la muchacha traía mini-falda. Si no, ni se levanta. Incluso yo, lo hice más por principios que por gusto.  

En ésta asfixiante ciudad, tarde o temprano, de manera inevitable, uno se encuentra con alguien o con "algo" que despierta en el interior la necesidad de defender los conceptos más básicos de orden y, a veces, no es posible mantenerse al margen y en silencio. Todos los días hay cosas tan indignantes que no es posible cruzarse de brazos siempre y a toda hora. Por esa causa, dada mi propensión a irritarme con las múltiples incongruencias cotidianas, he decidido que, al menos por un par de semanas, me voy a encerrar en mi casa. No quiero saber absolutamente nada de lo que ocurra en la ciudad. No voy a encender la TV., ni la radio y voy a desconectar el teléfono. Tengo víveres para varios días y no quiero saber de nada ni de nadie, sea grande, sea chico, sea santo, sea malo, sea nuevo o sea antiguo. Voy a leer varios libros que tengo rezagados y a escuchar mis viejos discos. No voy a recibir visitas, a menos que sea indispensable. Pero si todo sale bien, me voy a pasar unos días lo más ajeno posible del mundo. Mientras tanto, les suplico que no destruyan más de la cuenta, ya es demasiado el daño y yo no los puedo educar, ni me corresponde hacerlo. Tengo mis propios problemas, también mis necedades y mis ignorancias.  

Me voy a encerrar unos días porque ando muy alterado y me conozco bajo estas circunstancias. La última vez que me sentí así fui a parar a una agencia del Ministerio Público por deformarle el rostro con mi puño a un individuo, por no haber podido razonar con él acerca de la Ley Implícita de las Filas. Es muy simple dicha Ley: si uno se forma en una fila, sea cual fuere la índole de esa fila, nadie, pero nadie, tiene por qué meterse por su puro capricho, donde ventajosamente se le dé la gana, para alterar el orden de la formación. Generalmente, quien viola dicha ley se lleva una rechifla o un recordatorio materno, pero si se encuentran con alguien que necesita urgentemente un Enroque Espiritual, como yo, corre el riesgo de no salir ileso de su fechoría. Por eso me aíslo un tiempo. Es preferible a no poder controlarme con la próxima chingadera que vea cometer a cualquiera de mis congéneres terrícolas.  

Hasta luego mis queridos monos desnudos globalizados. Me rindo por unos días, son ustedes una mayoría arrolladora y avasallante, pero no se confíen, todavía quedan algunos especímenes de mi clase y antes de extinguirnos podemos romper algunos cuantos hocicos.

Atentamente: El Peón de la Reina del bando de las blancas.

Leonel Puente Colín

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