El tema, chobojos, da para mucho. Las feministas han defendido una postura: "el lenguaje ha sido impuesto por los hombres y ha excluido a las mujeres en muchos de sus términos". Sin embargo, la cosa llega al límite del absurdo desde el momento en que se interpreta género y sexo como si fueran lo mismo.
En nuestro idioma todas las palabras poseen un género gramatical: masculino, femenino o neutro, y nuestra especie posee dos sexos: masculino y femenino que corresponden, obviamente al macho y a la hembra. ¡Qué bueno que los homosexuales y las lesbianas no han reclamado un "género neutro" en el idioma, porque el asunto se complicaría más.
"Muchos y muchas" hay que pretenden "feminizar" el idioma generando la contravoz femenina de infinidad de palabras (de facto sucede desde hace tiempo): juez, jueza; médico, médica, arquitecto, arquitecta; albañil, ¿albañila?; toro, ¿tora?; caballo, ¿caballa?... No hay reparo alguno cuando existen voces que consideran "femeninas" y que carecen de su contraparte masculina. Los nombres de las ciencias, por ejemplo: matemáticas, química, física, filosofía. Nadie clama porque alguna de ellas se llame, pongamos por caso, álgebro, arquitecturo, ingenierío, medicino, etc. Y, ¡qué bueno! Sería igualmente absurdo.
Al buzón de este Chobojo Mayor llegó desde hace tiempo el siguiente correo relacionado con el tema, que hará las delicias de algunos(as) y provocará corajes entripados en otros(as). Póngase en este blog, para que ustedes juzguen y, si se atreven, opinen.
Invocando la cordura o el corduro, quedo de ustedes y ustedas: Chobojo Master
Correo recibido desde España
(¿Por qué no Españo?)
Bendita Ministra de Igualdad
¡Qué harían las mujeres sin usted!
Ya era hora de que alguien pusiera el puntito sobre la i ¿o era la puntita sobre la o?
Gracias, Ministra, por hacernos ver la necesidad de tener masculino y femenina para cada palabro y palabra. Su brillante declaración sobre las miembras ha quedado registrada para inspiración de las generaciones venideras.
Pero no se cuelgue medallas: va usted a rebufo de la ex-diputada Carmen Romero con su "…jóvenes y jóvenas". Muy bueno.
Por favor, entérese usted de que, en muchos casos, el significado de una palabra está implícito en el género. Si no del todo, al menos en parte. Si se cambia el género de una palabra cualquiera, perfectamente puede cambiar su significado.
Menciono diez ejemplos.
CARTERO: Persona cuyo oficio es repartir las cartas del correo.
CARTERA: Objeto rectangular hecho de piel u otro material… sirve para contener documentos, tarjetas, billetes de banco, etc.
MECÁNICO: Persona que profesa la mecánica, persona dedicada al manejo y arreglo de las máquinas.
MECÁNICA: Parte de la física que trata del equilibrio y del movimiento de los cuerpos sometidos a cualquier fuerza.
Forma correcta: La mecánico.
SETO: Cercado hecho de palos o varas entretejidas, cercado de matas o arbustos vivos.
SETA: Cualquier especie de hongo, comestible o no, con forma de sombrilla, sostenida por un pedicelo.
POLLO: Cría que nace de cada huevo de ave y en especial la de la gallina, y
POLLA: ¡!
LIBRO: Obra científica, literaria o de cualquier otra índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte.
LIBRA: Moneda legal en Inglaterra y otros países de la Commonwealth - Séptimo signo del zodiaco.
ESTRADO: Sitio de honor, algo elevado, en un salón de actos.
ESTRADA: Camino o vía que resulta de hollar la tierra.
DERECHO: Conjunto de normas que regulan la convivencia social y permiten resolver los conflictos interpersonales.
DERECHA: Recta, tiesa, erguida. / Lo que está al otro lado de la izquierda.
MÚSICO: Persona que toca música valiéndose de algún instrumento. Forma correcta: La músico.
MÚSICA: Arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios de la melodía, armonía, y ritmo.
PLATO: Recipiente bajo y redondo, con una concavidad en medio y borde comúnmente plano alrededor.
PLATA: Elemento químico de número atómico 47 cuyo símbolo es Ag, del latín Argentum.
ARCO: Porción continua de una curva. / Arma hecha de materia elástica, sujeta por los extremos con una cuerda formando una curva, que sirve para disparar flechas, y
ARCA: Caja, comúnmente de madera sin forrar y con tapa llana que aseguran varios goznes por uno de los lados, y uno o más candados o cerraduras por el opuesto.
Fuente: Diccionario online de la RAE
Pero estos diez ejemplos se resumen en dos:
PALABRA: Segmento del discurso unificado habitualmente por el acento, el significado y pausas potenciales inicial y final.
PALABRO: Palabra mal dicha o estrambótica.
CASA: Edificio para habitar.
CASO: Lo que no se le debe hacer a Usted. Esta última definición es mía.
Una cosa que hay que debe Usted tener bien clara es que las palabras tienen género y las personas sexo. Si no lo sabía, puede echar un vistazo a su carnet de identidad, verá que dice 'Sexo' y no 'Género'.
Que un presentador del telediario de un canal que no citaré (todos), en hora de máxima audiencia, hable de "violencia de género" da una idea del nivel cultural que tenemos. En todo caso será violencia sexista, o de sexo, o tal vez machista o feminista, nunca de género. ¿Es un violador un delincuente de género? ¿Hay acoso de género en la oficina?
Me río por no llorar. Y, Ministra,
- ¿Por qué se detiene en las miembras?
- ¿Cree que las únicas "discriminadas" por nuestra lengua son las mujeres? Pues no, los hombres también estamos discriminados.
Como hombre que soy le pido, no, le exijo, que defienda mis derechos y los de los machos en general, que para eso le pagamos su sueldo. ¿Para cuando tendremos electricisto, taxisto, motoristo, turisto, trapecisto, etc.?
Y no se olvide, en su afán progre, de los animales, que también tienen sus derechos y derechas. ¡Basta de discriminación! Alguien tiene que defender a los tortugos, boos, serpientos, jirafos, abejos y avispos, hienos, etc.
Otra cosa que me pregunto es ¿qué va a hacer su ministerio con las palabras neutras? Nos quedaremos en el atraso de juez, bedel, general, principal, joven; o alcanzaremos el colmo de la modernez con bedelo y bedela, juezo y jueza, generalo y generala, principalo y principala, y jóveno y jóvena?
Y, lo veo venir, cuando vaya cogiendo tablas en su cargo y entrando en calor… príncipa y príncipo (¿princeso?), rey y reya…
Mejor no seguir.
En fin, señora Ministra. El problema con ustedes los políticos profesionales es que no hacen las cosas porque quieran mejorar algo (el futuro, el país, o lo que sea), sino porque quieren cazar más votos que les permitan seguir en su poltrona. Lo único que siempre mejoran ustedes es su propio sueldo.
Para mí, un político es una persona que porta un problema para cada solución: Crea un problema donde no lo había, hace un diagnóstico equivocado, y aplica medidas que no funcionan.
Me he reído muchísimo escribiendo esta carta, pero debo terminar hablando en serio. La evolución del lenguaje refleja la evolución de la realidad.
Por fortuna se están incorporando las mujeres a cada vez más aspectos activos de la vida laboral: Trabajo, ciencia, gobierno, etc. Esto es muy positivo en todos los aspectos, porque la especie Homo Sapiens avanzará más lejos, más rápido, y mejor, si utilizamos todos los cerebros disponibles y no sólo la mitad, aunque por desgracia esta idea sea inconcebible en ciertos países.
Este avance, esta desaparición de estereotipos, debe reflejarse en el lenguaje y, sin duda, acabará haciéndolo.
Pero a mi entender lo hará de forma lenta y natural, no a base de decretos-ley ni de normativas malparidas por alguien que lo único que tiene en la mente es recibir más votos.
A quien haya leído hasta este punto: Muchas gracias, espero que haya disfrutado tanto leyendo como yo escribiendo.
Al
posarse nuestra nave en Arv, el planeta por tantos años soñado, mi sangre se
aceleró sobrecogida de emoción.
Por
primera vez en la historia de nuestra civilización lográbamos, según parecía,
llegar a un planeta con atmósfera similar al nuestro.
Resultaría,
por tanto, posible vivir en él una vida normal sin la ayuda de la tecnología
superior.
Existían
aún puntos oscuros y por confirmar. Lo confirmado, empero, era óptimo.
Sentí
una honda sensación de felicidad. Hasta aquel preciso instante ignoraba las
grandes sorpresas por venir. No olvidaré, pese a lo que sucedería más tarde,
aquella sensación de felicidad y, como es sabido, la sensación en sí de la
felicidad vale tanto como la felicidad misma.
Arv,
como podíamos ver, todavía desde interior de la nave, era un mundo verde y
húmedo.
Nos
dispusimos a grabar nuestras huellas en su suave piel cósmica. Nos habíamos
posado en un pequeño montículo del Valle de la Alegría, así bautizado por
nuestros astrónomos.
Éramos
cuatro los astronautas. Bajaríamos, de momento, únicamente dos a realizar la exploración.
En
unos pocos minutos todo estuvo en orden para dar el histórico paso. Sería yo el
primero en descender. Todo estaba previsto y perfectamente calculado. Se
suponía un acto ajeno a toda exaltación emocional. No era así, sin embargo. Al
menos para mí.
Sinceramente
yo me sentía vivamente impresionado. En miles de años de viajar por el espacio
jamás habíamos tenido una oportunidad similar.
Habíamos
llegado a numerosos planetas, pero en todos nos veíamos obligados a usar trajes
especiales para nuestra protección.
En
Arv iba a ser todo distinto. Podríamos desenvolvernos en él como si
estuviéramos en nuestro planeta de origen, que desde hacía varios siglos atrás
tuvimos que abandonar debido a cambios drásticos en su atmósfera que lo hizo
imposible para ser habitado por nuestra especie. Millones se tuvieron que
quedar y todos perecieron.
La
causa de aquella catástrofe fue el resultado de una larga cadena de errores
políticos, sociales y tecnológicos, que no deseo aquí y ahora recordarlos.
Están, para lección de las nuevas generaciones, recogidos, punto por punto, en
nuestros cartuchos memotécnicos con el fin de evitar incidencias futuras.
Desde
entonces, debemos reconocerlo, hemos aprendido mucho al respecto. Las grandes
desgracias unen profundamente a la especie.
Todo
en Arv me recordaba a mi infancia y parte de mi adolescencia. Mis ojos se
humedecieron. Mi imaginación se pobló de rostros y gestos perdidos para
siempre.
Pensaba
y pensaba en aquellos que ya nunca jamás podría volver a ver y a la vez sentía
un gran gozo. Sí, nuestra humanidad dispersa en las diferentes bases espaciales
podría, gracias a Arv, disponer de un hogar común.
Mis
pies se hundieron en la amorosa ternura de la hierba. Fue algo único. Después
de tantos y tantos siglos de vivir fuera de nuestro medio natural había,
prácticamente, olvidado caminar sobre la materia cósmica natural y la tierra
alfombrada del precioso vegetal.
Respiré
el aire puro de Arv profundamente. Era como recobrar mi remota niñez, es decir:
la vida misma. El sabor del aire acarició mis pulmones. La tarde declinaba.
Todos
los atardeceres de mi infancia retornaron a mis retinas. Mi pequeño pueblo con
su río de aguas cristalinas. Sus montes azules. Sus campos de esmeralda.
Mi
compañero descendió también. Lo sentí tan emocionado como yo. Nos comunicamos
con los otros dos compañeros que se habían quedado en la nave:
–Exacto.
Exacto. Todo aquí está perfecto. Es como volver a nuestro origen. Arv es un
bello planeta habitable. Parece estar hecho a nuestra medida.
No
obstante, tras aquella primera y feliz impresión, nos percatamos de la ausencia
de vida animal. No habíamos visto una sola ave, un insecto tan siquiera. Se nos
hizo extraño.
¿Era
acaso Arv un fenómeno insólito en la creación? ¿Rompía las leyes lógicas del
universo? ¿Por qué? Todos los estudios hechos con antelación no nos explicaban
aquella ausencia de vida animal que estábamos observando. Tendríamos nosotros
que investigarlo. La investigación pues estaba en marcha.
Caminamos
alrededor de la nave. Tomamos un puñado de grama y la olimos mojándonos las
manos de jugosa clorofila. Nada raro percibimos en ello. El sol confirmaba su
desplome en una embriaguez de tornasoles, bordando de varios y múltiples
escarlatas las nubecillas que bogaban por el cielo. Me hubiera agradado mucho
ver volar un vencejo o un murciélago y descubrir una aldea olorosa de animales:
caballos, cabras, vacas, perros y, por supuesto, seres humanos.
A
lo lejos divisamos un bosquecillo. Caminamos hacia él tras informar a la nave.
Calculamos
la distancia. Llegaríamos en unos quince minutos. Mi compañero gritó un nombre
de mujer. Estaba enamorado. Y comenzó a silbar una vieja canción. Sentí que
estábamos descubriendo el mundo al igual que los primeros pobladores de nuestro
planeta cuna. Nos sentíamos henchidos de vitalidad.
–¿Te
sientes bien? –me preguntó mi compañero.
–Hacía
siglos que no me sentía tan bien. Este planeta es edénico –le respondí. El
sonrió.
Llegamos
al bosquecillo. Comprobamos la existencia de árboles frutales. Había numerosos
manzanos cargados de rojos frutos. Pensé:
–Tan
hermosos frutos sólo para pudrirse?
Esto
me condujo a pensar que en Arv. Sí había vida animal, pero ¿dónde estaban sus
habitantes? Después tuve la vaga sospecha de que quizá los reyes del planeta
eran los vegetales. ¿Sería ello posible? En verdad estaba confundido.
Nos
comunicamos de nuevo con los compañeros de la nave. Les describimos lo hallado
en el bosque, que más que bosque era un espléndido huerto. Mi compañero
especificó:
–Se
trata de huerto, pero sin hortelanos.
Nada
más misterioso, pensé para mis adentros. ¿Manzanas silvestres? Se nos dio orden
de retornar a la nave:
–Vuelvan
ya. Traigan consigo unas manzanas. Obedecimos.
La
inminencia de la noche se dejó sentir. El rojo de las nubes se tornó liliáceo.
La corona del sol estaba a punto de desaparecer por la mágica del horizonte.
Las estrellas titilaban en el firmamento. Una luna creciente, color azufre, nos
llamó la atención con su aro roto. El silencio era impresionante. Mi compañero
rompió el silencio gritando el nombre de la mujer que adoraba en el altar de su
mente. Yo volví a silbar las notas de la vieja canción. En cada una de mis
manos una manzana grande rebrillaba en loor de apetitosas y jugosas fragancias.
Igualmente mi compañero portaba otras dos manzanas. Nos sentíamos niños
restallantes de felicidad.
Por
fin entramos en la nave. Celebramos con nuestros camaradas las delicias de
aquel planeta por tantos años soñado. Desde la nave establecimos comunicación
con nuestra más cercana. Reportamos los hechos. Dejamos todo pendiente el
siguiente día. Nos sentíamos un poco agotados. La noche de Arv me trajo a la
memoria una infinidad de recuerdos.
Llegó
la hora de alimentarnos. Tomamos nuestras acostumbradas píldoras nutritivas. A
uno de nosotros se le ocurrió la idea de compartir una manzana:
–Qué les parece si
compartimos una manzana de Arv?
–Sí
son tan deliciosas como hermosas deben ser algo único para el paladar –expresó
otro.
Desde
siglos atrás nosotros habíamos perdido la costumbre de alimentarnos como lo
habían hecho nuestros antepasados. Tomábamos píldoras y líquidos,
principalmente. Nos era más que suficiente mantener nuestra salud en estado
óptimo y pensar y trabajar de manera espléndida. La idea, no obstante, de
compartir una manzana nos embriagó.
Fue
entonces... Aún no puedo explicarlo. El planeta Arv, tan silencioso, se
transformó en un clamor trepidante. Nuestro compañero envejeció a una velocidad
inimaginable. En un par de minutos desapareció pulverizado. La huella de sus
dientes en la manzana se transformó en una especie de ojo fulminante. Acusador.
Todos nos atemorizamos. No sabíamos cómo reaccionar. El interior de la manzana
distaba mucho de ser pulpa dulce y blanca. Era de un color nunca antes visto
por nosotros. Daba la impresión de ser consciente. Sentí la destrucción a mi
alrededor. La nave estuvo a punto de explotar. Al menos eso creí por un
instante. En la hendidura abierta en la manzana por los dientes de nuestro
compañero desaparecido vimos abrirse un enorme abismo. Lo microscópico y lo
macroscópico daban la sensación de ser una misma realidad. Así lo alto. Así lo
bajo. Así lo bello. Así lo horrible.
–Creímos
oír una voz. Desde una inteligencia no visible se nos daba la orden de
abandonar –para siempre– el planeta Arv.
“La
armonía ha sido rota por las criaturas equivocas”.
Esa
fue la frase traducida por nuestras mentes. Se nos obligó a sacar las manzanas
de la nave. La mordida, como bola de fuego, emanaba terribles e ininteligibles
sonidos.
La
noche de Arv se oscureció totalmente.
“Fuera.
Fuera. Fuera”, se nos ordenó imperiosamente.
Sin
poder entender nada abandonamos Arv y, con Arv, una vez más nuestra esperanza
de romper con la errabunda esclavitud cósmica a la que parecíamos condenados.
¿Estábamos
pues destinados a no entender la realidad jamás y caer una vez y otra en el
crimen inconsciente, siempre que la posibilidad de lo edénico se nos
presentaba? ¿cómo saberlo?
Mis
ojos y los de mis compañeros se convirtieron en ríos de lágrimas. Lloramos como
nuestros antepasados remotos tras siglos y siglos de no llorar. Arv estaba
perdido para siempre. ¡Habíamos puesto tantas ilusiones en aquella empresa!
A
la distancia recuerdo apenas, y todo está ya muy confuso en mí, unas palabras
de nuestros superiores al llegar a la base:
–Nada
fue real. Todo fue un sueño. “Olvídenlo”. Pero... ¿cómo olvidarlo?
Es
por eso que una y otra vez me pregunto a mí mismo, quizá inútilmente.
–¿Por
qué esta obsesión de la especie humana por querer tapar el absurdo con un dedo?
Crujir de maderos y huesos que se desintegran al jalar. Juventud predestinada con visiones hostiles y deprimentes, al empujar. En medio del viejo y el joven hijo, entre la sucia armazón de la carreta, están unos costales raídos, con huellas de manos desgarradas, enseñando sus vientres putrefactos, repartiendo su olor. Los maderos, sordos, quejumbrosos y grasosos, soportan la carga, una más en tantos años. A carreta, padre e hijo los observan cristales por millón, empañados de hollín y polvo; los siguen en su desplazamiento, proyectando sus deseos de aplastar, machacar con odio, todo aquello que se ve y huele a pobre. Las mismas calles los delínean con su negrura, que no es sólo de asfalto.
El joven hijo empuja, muscularmente. Es resignado, con ojos húmedos y tristes que piden que lo empujen. Es fijo en sus imágenes: una casa llena de cochambre, sin luz; unas alpargatas que pelean con las calles hace mucho tiempo, alpargatas gastadas, desgastadas; un pantalón de caqui que le envuelve las piernas, sucio de pobreza, de ser el único.
El anciano es una síntesis de estatismo, desesperanza y cansancio.
Los ojos de los hombres que los miran pasar, son ojos de todos los días: acostumbrados, en blanco, preocupados. Son ojos de abogados, de banqueros, de comerciantes que andan por esa calle; de señorones ausentes, olvidados, obsesionados por perseguir al dinero, satisfechos de saborear lo gris de la miseria o el color verde de las esmeraldas–dólar. También son ojos de pordioseros cubiertos con ropas añosas, de ancianas voceadoras que ganan los cinco o seis pesos diarios, de niños suplicantes, hambrientos de sustento y de mañana, de cabezas cercenadas por tanto tiempo de vivir en este lugar: una negra mezcla de razas con bocas ansiosas de comer, ansiosas de satisfacer el hambre elemental.
El anciano jala y el joven hijo empuja, cansados ambos como los cansados maderos; sucios, como los sucios costales. Un semáforo les marca el tiempo de parar. Padre, carreta e hijo se detienen. Cruzan frente a ellos infinidad de automóviles presurosos: ruedas y metal de sangre. El sombrero del anciano se despega para respirar, y él, con gesto fijo, se embarra la frente de sudor y mugre.
Se secará el sudor cansado, todo pasa. Se embarrará el sudor cansado, todo empieza. El círculo permanece. Cuánta mugre se acumula hoy. La mugre de ayer, la de hoy... Mañana vendrá más.
–El presupuesto nacional se lo roban– gritan veinte millones de colombianos... y no los oyen.
–¿Quién?– pregunta uno entre veinte millones y los demás saben y callan.
El semáforo cambia.Luz verde, verde esmeralda–dólar, tiempo de pasar.
–Sigan– azuza el agente del crucero.
Lento, muy lento empiezan a avanzar. El hule de las enormes ruedas de la carreta parece fundirse a la madera y en la vuelta se embarra y se pinta de lodo. Renacen los chirridos, y junto con las quejas silenciosas de los que están "pobres porque quieren", vuelan los ladridos de dos perros heridos, salta un ruido de cacerolas en el mercado, aumentan los gritos de los vendedores de avena fría, se siente que revienta el vendedor suplicante de pedazos de lotería, y que el gritón de medias, con toda la gente, explota. Hasta los respondos del niño hastiado de cargar la vianda, cobran fuerza. Hasta en las manzanas y uvas traídas del Ecuador, hay una fuerza extraña.
A lo lejos se siguen oyendo las lacerantes carcajadas de los pudientes, los silbatazos imperativos del agente. Allá sigue existiendo la fuente de la burla y el desdén.
–Crucen rápido, que pronto vendrá la luz roja hemofílica nuevamente– sienten padre e hijo que les dicen en silencio aquellos que son iguales a ellos.
–La luz roja vendrá. El alto llegará. Definitivamente llegará, pero para las clases opresoras y pudientes– les indica la mirada de un trabajador que rompe el concreto.
Mientras, allá van, el anciano jalando tísicamente y el joven hijo empujando ahora con una esperanza, porque no están solos: hay muchos como ellos. En medio de los dos está su ancestral carreta bogotana.
Un hombre con traje impecable de buen casimir, zapatos de lustre azabache y bastón de fina empuñadura, tropieza con ellos.
–Esta gente. Carajo– grita con profundo desprecio.
Eso fue suficiente. Fue el detonador. La gente explotó
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